
Argumento (Wikipedia)
El personaje central, Ignatius J. Reilly, es un ser inadaptado y anacrónico que sueña con que la forma de vida medieval, y su moral, vuelva a reinar en el mundo. Para ello, para ser escuchado en un mundo en el que es incomprendido, rellena de su puño y letra cientos de cuadernos Gran Jefe, en los que plasma su visión del mundo, y desperdiga esos textos por su habitación, con la esperanza de ordenarlos algún día para crear su obra maestra. Mientras tanto la diosa Fortuna, contra su voluntad, lo catapulta al mundo capitalista, viéndose obligado a someterse a la nueva forma de esclavitud que para él es el trabajo. Él se resigna, comparándose a Boecio (que se resignó a su ejecución) y sale a buscar trabajo. Su actividad laboral y vital es el hilo que une y da sentido a toda la obra, y que nos permite conocer a otros personajes.
Lejos de las meras e hilarantes anécdotas que Ignatius va generando alrededor de sí, la novela trasciende a ello para convertirse, en su trasfondo, en un despiadado retrato del género humano. Un retrato lleno de piedad y comprensión, a la vez que amargura y resignación. Tal y como Percy dice en el prólogo, a pesar de las carcajadas que le proporcionó la novela, también tras su lectura sintió cierta tristeza que no sabía muy bien de dónde provenía, si del trasfondo dramático de la novela, o por la tragedia del autor, que se suicidó con poco más de treinta años sin conseguir ver publicada su novela, y que con su muerte nos negó nuevos libros como podría haber sido el de la continuación de esta novela, que se insinúa al final del libro.
Aunque de nuevo me costó meterme en el libro, ya después no pude dejar de pensar en él. Es un libro tan inteligente en sus formas y expresiones, que no paro de admirarlo en todas sus partes.
Me ha proporcionado tanto risas, con sus consecuentes miradas interrogativas en el metro, como amargura o tristeza, estas últimas provocadas principalmente por la relación de Ignatius con su madre.
Una constante presentación de historias, desagradables, cómicas o amargas aparecen en el libro en torno a unos personajes tan esperpénticos como el propio Ignatius, a través del cual van haciendo acto de presencia en esta tragicomedia.
Especialmente cómica me ha parecido la relación epistolar que mantiene el protagonista con Myrna Minkoff, antigua compañera de universidad y la causante de la mayor parte de sus arrebatados actos.
Ignatius es un personaje por el que no sabes qué sientes realmente, si pena, dolor, risa, tristeza, amargura o repulsión. Dios sabrá las veces que habré dicho "vaya un fresco" durante la lectura. Personaje crítico con la época que le tocó vivir, vago, esperpéntico, treintañero, con su idea de "teología y geometría", Ignatius hece sentir al lector un aluvión de sentimintos, muchas veces encontrados, durante una novela que, sin incluirla en los clásicos de obligada lectura, sí aconsejo su lectura porque es realmente genial.
Lo que no logro entender es cómo a un libro tan bueno, inteligente y totalmente diferente al resto de lo que he leído hasta hoy, se le negara su publicación, lo que llevó al escritor a una fuerte depresión. Se suicidió con 32 años.
Escrito a principios de los años sesenta, sólo la constancia de su madre hizo que se editara posteriormente y se publicara en 1980, lo que nos permitió a todos disfrutar de este gran trabajo. En 1981 recibió el Premio Pulitzer a título póstumo. Amén.
El personaje central, Ignatius J. Reilly, es un ser inadaptado y anacrónico que sueña con que la forma de vida medieval, y su moral, vuelva a reinar en el mundo. Para ello, para ser escuchado en un mundo en el que es incomprendido, rellena de su puño y letra cientos de cuadernos Gran Jefe, en los que plasma su visión del mundo, y desperdiga esos textos por su habitación, con la esperanza de ordenarlos algún día para crear su obra maestra. Mientras tanto la diosa Fortuna, contra su voluntad, lo catapulta al mundo capitalista, viéndose obligado a someterse a la nueva forma de esclavitud que para él es el trabajo. Él se resigna, comparándose a Boecio (que se resignó a su ejecución) y sale a buscar trabajo. Su actividad laboral y vital es el hilo que une y da sentido a toda la obra, y que nos permite conocer a otros personajes.
Lejos de las meras e hilarantes anécdotas que Ignatius va generando alrededor de sí, la novela trasciende a ello para convertirse, en su trasfondo, en un despiadado retrato del género humano. Un retrato lleno de piedad y comprensión, a la vez que amargura y resignación. Tal y como Percy dice en el prólogo, a pesar de las carcajadas que le proporcionó la novela, también tras su lectura sintió cierta tristeza que no sabía muy bien de dónde provenía, si del trasfondo dramático de la novela, o por la tragedia del autor, que se suicidó con poco más de treinta años sin conseguir ver publicada su novela, y que con su muerte nos negó nuevos libros como podría haber sido el de la continuación de esta novela, que se insinúa al final del libro.
Aunque de nuevo me costó meterme en el libro, ya después no pude dejar de pensar en él. Es un libro tan inteligente en sus formas y expresiones, que no paro de admirarlo en todas sus partes.
Me ha proporcionado tanto risas, con sus consecuentes miradas interrogativas en el metro, como amargura o tristeza, estas últimas provocadas principalmente por la relación de Ignatius con su madre.
Una constante presentación de historias, desagradables, cómicas o amargas aparecen en el libro en torno a unos personajes tan esperpénticos como el propio Ignatius, a través del cual van haciendo acto de presencia en esta tragicomedia.
Especialmente cómica me ha parecido la relación epistolar que mantiene el protagonista con Myrna Minkoff, antigua compañera de universidad y la causante de la mayor parte de sus arrebatados actos.
Ignatius es un personaje por el que no sabes qué sientes realmente, si pena, dolor, risa, tristeza, amargura o repulsión. Dios sabrá las veces que habré dicho "vaya un fresco" durante la lectura. Personaje crítico con la época que le tocó vivir, vago, esperpéntico, treintañero, con su idea de "teología y geometría", Ignatius hece sentir al lector un aluvión de sentimintos, muchas veces encontrados, durante una novela que, sin incluirla en los clásicos de obligada lectura, sí aconsejo su lectura porque es realmente genial.
Lo que no logro entender es cómo a un libro tan bueno, inteligente y totalmente diferente al resto de lo que he leído hasta hoy, se le negara su publicación, lo que llevó al escritor a una fuerte depresión. Se suicidió con 32 años.
Escrito a principios de los años sesenta, sólo la constancia de su madre hizo que se editara posteriormente y se publicara en 1980, lo que nos permitió a todos disfrutar de este gran trabajo. En 1981 recibió el Premio Pulitzer a título póstumo. Amén.





